1/9/14

Lugares

Las piedras hablan. Son historia eterna. Tu mano se puede posar donde se han posado otras manos hace días, años o siglos. Tus pies caminan por donde miles de personas han caminado. Tus ojos ven lo que miles de ojos han visto.

Tengo la inevitable manía de tocar las piedras de los lugares que visito. Sólo así soy capaz de entender el lugar y lo que allí ocurrió más allá de explicaciones turísticas varias.

Veo con unos ojos que nunca fueron míos, me dejo llevar por los caminos que recorrieron pies ajenos, huelo, siento, oigo...
Es como una fotografía superpuesta: el pasado y el presente se entremezclan y ambos me parecen casi igual de cercanos.
El pulso se acelera, se crea un nudo en el estómago y aparece esa sensación de embriaguez.
Pero también aparece la obligación del disimulo, del aparentar ser una turista más que prácticamente sólo sabe del lugar lo que pone en el folleto que te dan en la entrada.
La verdadera historia se queda para mí, para el archivo de mis secretos.



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