19/5/15

Fobia (Acoso escolar)


(Este texto iba a estar incluido en una antología. Al final he decidido que no sea así por exigencias a las que no estaba dispuesta a ceder. Aún así, lo publico aquí por si pudiera servirle a alguien que haya pasado por una situación de acoso escolar. Texto sujeto a derechos de autor).





(No quiero estar aquí sentada).

- Relájate y escucha mi voz. Imagina que estás en un bosque tranquilo…

(Quiero irme, tengo miedo)

-… escucha mi voz. Voy a contar hasta diez y cada vez estarás más relajada. Uno… Dos… pasea libre por el bosque. Tres… Cuatro…

(No quiero estar aquí. Si he olvidado es porque no quiero recordar)

- Cinco… Seis… Cada vez más y más relajada. Siete… Ocho…

(No, ¡no me hagas entrar ahí!)

- Nueve…

(Están ahí y seguro que vendrán a por mí)

- Diez.

()

- Dime qué ves.

(Me veo… un momento ¿me veo?)

Estoy en clase, en la última mesa de la fila que da a las ventanas. Recuerdo que siempre me ponía ahí porque así no tenía a nadie detrás y podía ver lo que hacía todo el mundo. No me pillaría nada por sorpresa. No me cortarían el pelo, no me pegarían chicles, no me escupirían.

Se acerca la hora del recreo y tengo un nudo enorme en el estómago que me impide concentrarme en la explicación del profesor. Esa media hora es un suplicio. Suelo quedarme en clase si nadie repara en mí, pero si alguien decide que ese día es idóneo para meterse conmigo, me voy al baño y me encierro allí hasta que vuelve a sonar el timbre.
Por eso siempre llevo un libro en la mochila, así al menos me entretengo durante mi encierro, viajo a otros mundos en los que nadie pega a nadie.

(Siento tanta tristeza...)

Toca gimnasia. Empieza a dolerme el estómago otra vez. Sólo espero que no nos pongan por grupos porque nadie quiere estar conmigo y no entiendo por qué. Todos se ríen de mí y me da vergüenza hasta correr.
En la última clase me tiraron un balón medicinal de tres kilos a la cabeza. El profesor lo vio y no hizo nada, no dijo nada; ni se acercó a ver qué tal estaba. Y yo sólo quería llorar y morirme.
Los profesores nunca hacían nada. Aunque lo vieran, aunque yo pidiera ayuda. “Cosas de críos” decían. Así que dejé de pedir ayuda.

(Qué rabia, qué impotencia)

Ahora estoy en los vestuarios. Todas las chicas están a un lado y yo estoy sola al otro. No me hacen caso, no me miran, no me hablan. Me ignoran y es un gran alivio.
El otro día no me ignoraron y me quitaron toda la ropa dejándome desnuda allí dentro. Mientras intentaba que no me la quitaran me tiraban del pelo, me daban patadas, me insultaban. Al rato apareció la profesora buscándome con la ropa. Me dijo enfadada que me vistiera y fuera a clase. ¿Por qué estaba enfadada conmigo? ¿No me veía allí tirada, llorando y temblando? ¿Por qué no me ayudó?
Así que sí, siento un gran alivio sintiéndome ignorada. Prefiero no existir.

(No quiero recordar más, por favor...)

Estoy en la calle de camino a casa. Vivo cerca pero tengo que atravesar la plaza en la que todos quedan para hablar un rato después de clase. Todos menos yo, claro.
Miro bien y veo que los de mi clase están algo apartados de mi camino, así que agacho la cabeza y acelero el paso. Espero que no me vean.
Cuando ya casi paso la plaza, siento que tiran de mi mochila y me hacen caer al suelo. Todos se ríen. Me quitan la mochila y empiezan a tirar todos los libros por la plaza. (¡Está lleno de adultos y nadie hace nada!). Uno de esos libros es uno sobre Parapsicología que saqué prestado de la Biblioteca Municipal. Siempre me interesó el tema.
Cuando lo ven, lo rompen en mil pedazos y empiezan a llamarme bruja y loca. Me preguntan que dónde he dejado mi escoba, otros dicen que no, que he llegado en platillo volante.
Yo lloro llena de rabia y de miedo. ¿Ahora qué voy a decir en la biblioteca?
Por fin se van y recojo todo lo que soy capaz.

(¿Pero por qué los adultos no hacían nada?)

La psicóloga del colegio entra en el aula. Están mis padres conmigo y aún no sé lo que ocurre. Se acerca a mí y me enseña una carta escrita con tinta roja y bastante mala letra. Me pregunta que si la he escrito yo. Está claro que no, no es mi letra, ni mi forma de expresarme. Y odio escribir con boli rojo.

Nadie me cree, ni siquiera mis padres. No lo entiendo ¡no es mi letra! ¡no se parece en nada!

No me dejan leerla aunque por lo poco que logro ver cuando me la enseña y lo que cuenta la psicóloga, en ella se supone que amenazo a una chica de mi clase diciendo que iba a hacer un ritual de magia negra y tenía que sacrificarla. (¿En serio nadie me creía a mí pero sí a esa carta?).
No me dice quién se la ha dado. No me dice quién es esa chica. Mis padres tampoco me creen porque dicen que siempre estoy encerrada en la habitación leyendo libros raros. Deciden que me vea un psiquiatra. (Pobre J.J.Benítez. Pobre Jiménez del Oso).
Me veo en una sala de espera blanca, con un niño a mi lado dibujando una familia llena de sangre. Por el pasillo se ve a una mujer gritando cosas sin sentido acompañada por dos celadores ¿Qué hago yo aquí?
La psiquiatra me manda entrar. Entre ella y otra mujer me hacen una serie de preguntas de todo tipo. Respondo a todas como mejor sé. Tras varios test y pruebas hacen entrar a mi padre. Le dicen que soy una niña completamente normal, que no tengo ningún problema mental de ningún tipo. Que incluso soy algo más inteligente que la media y por eso me intereso en temas poco habituales para mi edad. Han leído el informe de la psicóloga de mi colegio y aconsejan que se investigue el ámbito escolar porque el problema no está en mí y la letra de esa carta no coincide de ninguna manera con la mía ni con mi personalidad.
(Nadie nunca hizo nada. Nadie nunca volvió a hablar de tema).

De nuevo en clase. Hoy me han puesto delante porque llevo varios días sin prestar atención a nada. Dan patadas a mi silla, me tiran bolas de papel, me tiran del pelo. Me llaman loca. Sólo quiero llorar y gritar.

(...)

Una chica me hace cantarle una canción que no me sé. Por cada vez que me equivoco me da un tortazo. Otra me sujeta e impide que me marche.

(...)

Estoy sentada en el suelo de mi habitación, encerrada, llorando desconsoladamente y con las tijeras sobre mis muñecas. Siento tanto dolor en el alma…

(...)

La profesora me manda salir a la pizarra. Todos se ríen y me dicen que me suba a mi escoba. Alguien me hace la zancadilla y me caigo. Me parto un diente.

(...)

Estoy en la mutua del colegio. Me han empujado en clase de gimnasia y me he roto una muñeca. “Un accidente” han dicho.

(...)

Estamos en una excursión obligatoria a la Laguna Negra, en Soria. Es la hora de comer. Todos se sientan juntos y yo apartada, como siempre. De pronto se acercan tres chicos. Intentan ser amables y me dicen que me una al grupo, que lo pasaremos bien todos juntos y que olvidemos todo lo que ha pasado anteriormente. Acepto y como con ellos. Me lo paso bien, me tratan bien ¡por fin!
Cuando vamos a marcharnos voy a coger mi mochila y a meter dentro los papeles del bocadillo y la botella de agua. Abro y… ¡¡tres enormes arañas salen de dentro!! Me pongo a gritar y todos se ríen. “Idiota, patética, subnormal”… es lo único que oigo mientras se ríen. “Hazte amiga de las arañas, bruja”, me dice uno de los chicos que me invitó a unirme al grupo.

(Arañas... ¡arañas!)


- Bien, volveré a contar hasta diez y despertarás recordándolo todo. Uno... dos... tres...

(Ahora lo entiendo todo)

- … cuatro… cinco… seis….

(¿Es ese el origen de mi fobia?)

- …siete… ocho… nueve… diez. Abre los ojos lentamente. ¿Qué tal estás?

- Pues… no sabría decirle. Bien, supongo. No lo sé.

- Lamento que hayas tenido que recordar todo eso.

- No pasa nada, al menos hemos dado con la razón de mi fobia a las arañas ¿no?

- Sí, ahora podemos comenzar a tratar el problema desde su raíz.


Tras una pequeña conversación sobre la consulta, pago la sesión y regreso a mi casa. Subo al coche y no me da tiempo ni a arrancar; de nuevo aquel llanto desconsolado, ese nudo en el estómago. Me auto compadezco de mí misma, o mejor dicho, de la niña que algún día fui.
Pero no puedo permitirme vivir en ese pasado. Hoy por hoy soy una mujer feliz.
Terminé la Universidad, estoy casada con un hombre maravilloso y tengo dos hijos estupendos.
Sigo leyendo a J.J. Benítez y a Jiménez del Oso. Sigo interesándome por temas “poco habituales” y sigo estando cuerda.
Ahora ya nadie me pega ni me insulta ni permito que nadie se lo haga a otras personas. Yo sí intervengo cuando veo una situación así en la calle, o en un parque, o en el colegio de mis hijos. Y veo esa mirada de agradecimiento que yo nunca tuve oportunidad de ofrecerle a nadie.








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