26/11/16

¡¡Baila!!

Salgo de casa esperando vivir un nuevo día repleto de cosas diferentes, camino por las calles intentando sumergirme en el anonimato de los tumultos. Las horas punta están llenas de vidas ajenas, de pensamientos errantes, de sonrisas con un destinatario a veces no tan presente.

No necesito hablar con nadie para saber si se dirigen al trabajo, a tomar un café o regresan a casa. Tampoco necesito conocerles para averiguar si son felices, si odian su vida o si aún tienen esperanzas y metas en ella.
Observo sabiendo que no soy observada, hilo trazos de conversaciones, respiro sus aromas. Y con ello, construyo una ciudad de gente maravillosa, amable, trabajadora y feliz. Invento mil historias mientras sigo caminando sin saber realmente hacia dónde me dirijo. E intento contagiarme de esa utopía que mi mente y yo hemos acordado crear; bailo al son de sus pasos, sonrío en dirección a sus miradas, respiro al compás de sus palabras.

Y en un momento determinado me doy cuenta de que mi cuerpo se paraliza. Ya no respiro, pues nadie habla. Ni sonrío, porque nadie mira.

Ese chico no camina solo, lo hace acompañado de su dolor. Quién sabe por qué, pero sus ojos lo reflejan tanto que a mí también me duele. Camina con la misma inercia que yo, pero no baila.

Quisiera haberme acercado a él, tomarle de la mano, y conseguir que escuchara el son de la vida, explicarle que aunque en ocasiones no lo oigamos, fluye entre nosotros. Y que sólo debemos dejarnos llevar, porque siempre habrá alguien que sea feliz observándonos bailar sin que nos demos cuenta.


©Lalobaerrante

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