22/11/16

Camino

- ¡¡¿¿Pero me quieres escuchar??!!

Su enfadado ruego consiguió devolverme a la realidad.

- Perdóname, no te estaba escuchando.

- Anda, no me digas... Bueno, te estaba diciendo que aún tenemos que ir a comprar algún saco de dormir, que digo yo que no vamos a dormir a la intemperie, que si fuera verano vale, pero ya empieza a refrescar. Además, o lo compramos aquí o allí ya va a ser imposible. Que aunque estemos en año Xacobeo, en el monte no hay tiendas. Y encima Marta seguro que...

... seguro que vuelve a perderse al intentar tomar aquel atajo. No me di cuenta del momento en el que desapareció, simplemente no estaba. Estaba anocheciendo y queríamos llegar al próximo albergue a tiempo, y a ella se le ocurrió tomar una ruta alternativa. Sin avisar.

Grité todo lo que mis cuerdas vocales me permitían, alumbré por cada resquicio que conseguía atisbar entre los arbustos. Me daba miedo desviarme por si me perdía yo también, así que tras esperar un largo rato a que contestara a mi llamada, y confiando en que utilizara su brújula en algún momento, decidí acampar en una orilla del camino. A unos 200 metros había un pequeño arroyo, así que al menos a la mañana siguiente podría lavarme.

Calculé que quedaría algo menos de una hora de luz, así que aproveché para trazar sobre el mapa la ruta del día siguiente y localizar, por si fuera necesario, algún lugar donde pedir ayuda si Marta no aparecía en el albergue. Me dí cuenta de que debía señalar la zona donde más o menos creo que se desvió, así que cogí unas cuantas piedras del arroyo y las coloqué amontonadas unos metros antes de mi lugar de acampada.

Empezaba a oscurecer; encendí un pequeño fuego y tras tomar un par de bocados, decidí acostarme. El día siguiente iba a ser duro.

Supongo que no tardé mucho en dormirme, porque cuando aquel ruido me despertó aún no era noche cerrada. Miré a mi alrededor y no vi movimiento. "Algún animal", pensé. Pero cuando volví a cerrar los ojos, lo oí de nuevo, más cerca. Una y otra vez. Cogí mi linterna y miré hacia el lugar de donde provenía. Seguí sin ver nada, así que busqué mi cuchillo y decidí acercarme. Era un sonido extraño, como si se estuviera golpeando una superficie dura. Intentaba pensar qué podía ser, rezando porque no fuera ningún lobo, cuando de pronto lo vi.
¡Piedras!
Mi montón de piedras ahora era mucho más grande, alguien las había estado amontonando. Pero... ¿quién y por qué? Que yo supiera durante el día no habíamos visto a ningún peregrino cerca, y el pueblo más cercano quedaba a unas tres horas del lugar. Agarré con fuerza el cuchillo y me puse encima del montón de piedras para tener una visión periférica del lugar. Si quien quiera que fuese el que colocaba las piedras, se acercaba, le vería seguro. Y entonces ocurrió. No sé cómo, un fuerte empujón me tiró hacia atrás. ¿Cómo podía ser, si no había nadie ante mí? Me levanté asustada, mirando hacia todas partes y buscando la linterna. Sólo veía oscuridad. Hubiera jurado que esa noche había luna llena... Quise salir corriendo hacia mi saco de dormir cuando oí mi nombre. -"¿Quién eres?" - pregunté con voz trémula. Como respuesta obtuve el silencio.

-"¡Dime quién eres! ¿Marta? ¿Eres tú?".

- Raquel... - volvió a susurrar la voz.

Me pareció que venía del arroyo, así que me dirigí hacia allí. Aunque asustada, pensé que podía ser Marta, que había conseguido volver y se estaba riendo de mí. Pero no era ella. Una figura esbelta y radiante flotaba sobre el agua. No sabría decir si era femenina o masculina, no podía apreciar sus rasgos, ni tenía una forma definida.
Quería salir corriendo de allí, me daba igual hacia donde, pero lejos de toda aquella locura, y sin embargo, como atraída por un imán, me acerqué todo lo que pude. Mil preguntas surgían en mi mente, pero era incapaz de articular palabra de lo asombrada y asustada que estaba.Tal era el control que aquello ejercía sobre mí, que me hizo lanzar el cuchillo al agua. Yo ni recordaba que aún lo tenía. Acto seguido, me arrodillé. El temor se iba convirtiendo en un profundo respeto. Lloré y aquella forma se acercó a mí...

Y lo próximo que recuerdo es despertarme por la mañana en mi saco. Me incorporé sobresaltada, y lo que más me sorprendió fue ver a Marta dormida a mi lado. Me levanté y me dirigí corriendo hacia el montón de piedras. No estaban.Volví apresurada y miré en la mochila. Allí estaban en cuchillo y la linterna.¿Había sido todo un sueño? Pero...todo había sido tan real...

Desperté a Marta y le pregunté cómo había conseguido regresar. "¿Te pasa algo?", me contestó. Consternada, decidí no darle más vueltas al asunto. Desayunamos, recogimos y partimos.

Durante los días que estuvimos caminando intenté no darle muchas vueltas al asunto, hasta que casi se convirtió en el recuerdo difuso de un sueño sin más. Lo importante es que Marta estaba conmigo y que no habíamos tenido ningún incidente serio en el Camino.

Por fin llegamos a Compostela una mañana lluviosa y fría, el Santo nos recibía con lo mejor de Galicia. Sellamos, fuimos a comer algo y nos adentramos en la Catedral. Y según puse la mano sobre la huella de otras miles de manos en la columna, lo entendí todo. Recordé lo que había sucedido aquella noche, y recordé cosas que jamás pensé que había sabido, y lugares en los que creí que nunca había estado. En mis oídos retumbaron las palabras de aquella extraña figura, y de muchas otras antes que ella. Lo recordé todo.Y comprendí que al año siguiente, y al siguente, y al siguiente.... debería recorrer de nuevo ese camino y buscar algo que hace mucho tiempo perdí y que me llamaba desde tierras gallegas.

Con lágrimas en los ojos, aquel año le juré a Santiago Apostol que nunca más le fallaría.

...- ¿Ves cómo no me escuchas? Mira, haz lo que quieras. Mañana nos vemos en la estación.

- Vale, allí estaré.

Seguro que estaré.


©Lalobaerrante

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