27/11/16

El loco del mar



Muchos dirían que soy libre. Yo mismo lo creo. No vivo en sociedad, no comparto sus valores y no participio de su forma de vida. Duermo cuanto quiero, hago lo que me apetece en cada momento, estoy al margen de la ley.
Pero eso no me hace libre. Me guste o no me guste, soy esclavo de mi pasado y de la mar.
No provengo de una familia rica y mucho menos feliz. Mi infancia se basó en gritos, castigos y llantos. Crecí rodeado de amargura y odio.

Exacto, nada bueno para un niño.

Intentaba escapar una y otra vez de esa realidad familiar, pero en cuanto utilizaba mi imaginación para tal fin, me llevaba palos y desprecios.
Tener una mente creativa no ha sido ni mucho menos una ventaja, me tomaban por loco cuando intentaba evadirme de algún modo. Poco a poco y sin conocer yo la razón esa supuesta locura comenzó a causar temor en el pueblo. Los pocos que me dirigían la palabra dejaron de hacerlo y el resto se dedicó a evitarme continuamente. Hubo un momento en el que no me importó, incluso disfrutaba siendo ignorado por los demás, aunque de esa forma conseguí que me conocieran como El Viejo Chiflado. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.
En cierto modo me sentía especial siendo evitado. Pero pasó el tiempo y comencé a sentirme realmente solo. En casa las cosas iban cada vez peor y para la gente del pueblo yo casi ni existía. ¡No! Rectifico: para la gente del pueblo era mejor si yo no existía.

Me pasaba el día en el acantilado, mirando el mar y soñando ser un pirata. Ellos eran respetados y temidos, libres y felices. Si me convertía en pirata no tendría que soportar el rechazo de la gente y podría vivir a mi manera, así que cuando cumplí 17 años decidí ser un pirata.

Me enteré de que un barco pirata iba a abordar a un barco inglés, el Great Beach. En cuanto tuve la oportunidad me introduje en el barco pirata, llamado por los habitantes del pueblo Destino Negro. Pude esconderme entre unos tablones situados cerca de los barriles de cerveza y allí permanecí hasta que, un rato después de partir, un hombre borracho se tumbó cerca de los tablones y dejó sus armas a mi alcance. Pensé que no había momento mejor para darme a conocer, así que así la espada del borracho y me deslicé por las sombras hasta llegar cerca del capitán.
Yo ya tenía conocimientos sobre el manejo de la espada, por lo que no me fue difícil pillar desprevenido al capitán y clavarle la espada en el corazón. Sorprendentemente no hizo ningún ruido. Nunca había matado a nadie y supuse que gritaría o algo. No fue así, así que me relajé lo suficiente como para pensar cuál iba a ser mi siguiente movimiento. No tenía demasiado tiempo para pensar, pero por suerte tomé la decisión acertada.

Cuando llevé al cuerpo del fallecido ante los ocupantes del barco nadie se atrevió a moverse. Jamás nadie había conseguido hacer un solo rasguño a su capitán, me dijeron, y yo, un simple muchacho loco lo había matado. Al parecer mi fama de tarado había llegado a todas partes. Pero no me importó cuando me confesaron tenerle un miedo terrible y me ofrecieron el mando del Destino Negro. No podía dar crédito, pero acepté. Al fin y al cabo, era lo que siempre había soñado. ¿Por qué rechazarlo?

No fue regalado, tuve algún altercado con hombres que aún eran leales a su antiguo capitán y que se negaban a obedecer a un niño, pero resueltos estos problemas conseguí el respeto de los de a bordo. Me informaron sobre sus planes contra los ingleses. Habían oído que sus barcos estaban anegados del oro del Nuevo Mundo, una exquisita golosina para cualquier pirata. Y aunque era arriesgado por la fama de sanguinarios luchadores que planeaba sobre los ingleses, era una gran oportunidad y, por supuesto, no íbamos a rechazarla.
Estuvimos navegando durante un mes, sorteando mareas y apoderándonos de los tesoros de los barcos que se cruzaban en nuestro camino.

Cuando una mañana gris el vigía nos avisó del avistamiento del Great Beach nos preparamos para un abordaje violento. Las leyendas sobre las torturas inglesas nos habían infundido un valor adicional. No nos dejaríamos matar ni atrapar por ellos y conseguiríamos el barco y todo lo que hubiera en él. Para evitar la huida de nuestras víctimas esperamos silenciosos hasta que el otro navío estuviera lo suficientemente cerca como para comenzar el abordaje. Pero cuando nos disponíamos a ello nos percatamos de algo que jamás habíamos esperado: el Great Beach surcaba los mares sin tripulantes.¡Vacío! Nos acercamos y envié a dos de mis hombres a inspeccionar el barco. 
En cubierta sólo encontraron las armas de los que debieron ser sus ocupantes. Les envié a la bodega, a ver si al menos allí encontraban lo que íbamos buscando. Se asomaron y me confirmaron lo que esperaba: arcas llenas de oro esperaban ser trasladadas al Destino Negro y repartidas entre sus tripulantes. Envié a otros dos hombres para ayudar a los que ya estaban a bordo del navío inglés a transportar el tesoro. Poco después me di cuenta forzosamente de que había cometido un tremendo error, pero cuando lo supe era demasiado tarde.

Al ver que los cuatro hombres no regresaban envié a otros dos, pero al ver que éstos tampoco aparecían envié al resto, preparándoles para la lucha. Quizá los ingleses se habían ocultado en la bodega al ver nuestra negra bandera. Esperé en mi navío porque por mi corta edad y a pesar de mi buen manejo de las armas, me habían prohibido participar.

Pasaba el tiempo y yo no oía nada. Ni señales de lucha, ni gritos ahogados por los ataques ni nada. Yo era el capitán y había perdido, literalmente, a mis hombres. No podía permitir estar en una situación privilegiada cuando ellos parecían haber sido engullidos por la bodega del Great Beach .Así que me disponía a saltar al barco cuando apareció uno de mis hombres de aquel agujero. ¡Oh! Nunca olvidaré aquella expresión. No era de miedo, no. Era de verdadero terror. Sus ojos me miraban tan abiertos que temía que se salieran de sus órbitas y parecía haber envejecido veinte años en el tiempo en el que estuvo en aquella bodega. Intentaba gritar mientras le ayudaba a volver al Destino Negro, pero de su garganta no salía ningún sonido. De verdad, estaba muerto de miedo, completamente pálido. Lo que no le impidió correr como alma que lleva el diablo hacia el timón y comenzar a alejarnos del barco inglés. Yo no comprendía absolutamente nada, pero a esas alturas estaba convencido de que no iba a interrumpir la huida.
Fuera lo que fuese lo que había visto aquel hombre en aquella bodega sabía que debía estar lejos de nosotros.Cuando estuvimos a una distancia considerable, el hombre cayó al suelo, completamente agotado y aún demasiado asustado como para contarme por sí mismo lo que había ocurrido.

Hasta ese momento yo había permanecido en silencio, respetando la situación e intentando no desquiciarle más, pero no pude soportar más mi ignorancia e intenté que me contara algo.
Me costó bastante hacerle entrar en razón y mostrarle dónde estaba. Cuando se hubo calmado lo suficiente, volví a interrogarle. Entonces me miró a los ojos y comenzó a relatarme lo ocurrido con la mirada perdida y la voz entrecortada por el llanto y el terror.Según me dijo, entraron a la bodega a recoger las arcas cuando vieron al fondo un...

- ¡Niños! ¡Niños! ¡Alejaos de ese chiflado! Ese viejo está loco.

- Pero mamá, si nos estaba contando una historia increíble. – dijo uno de los niños que rodeaban al viejo a la mujer que había gritado desde el embarcadero.

- Tan increíble que seguramente no se la crea ni él. Está loco. ¡Volved ahora mismo a casa!

Los niños miraron al viejo con cara de “lo sentimos pero no queremos tener problemas con la histérica”. El hombre suspiró apenado. Siempre ocurría lo mismo. En ese momento se sentía como Jesucristo: - dejad que los niños se acerquen a mi – había dicho en alguna que otra ocasión, -soy inofensivo-. 


Pero claro, era el loco del pueblo. Siempre lo había sido. Vio cómo se alejaban los niños hacia el pueblo y cuando los perdió de vista, se levantó y se dirigió hacia el acantilado. Ya no era tan hábil como cuando era joven y le costó horrores llegar a lo alto. Agotado, se sentó sobre una roca y miró al horizonte.Sin apartar la vista del mar introdujo su mano en el bolsillo del pantalón y sacó algo. Era un objeto que le había dado el aterrado pirata antes de morir presa del miedo en la cubierta del Destino Negro, unos 50 años antes. Un objeto que demostraría a todo el mundo que no estaba loco. Aun así, lo miró con asombro, como recordando cosas que hasta ese momento había olvidado, y lo arrojó a las olas. De todos modos nadie escucharía a un loco que se creía pirata.

En cierto modo era libre y seguiría siéndolo hasta el día de su muerte, siempre y cuando el Great Beach no volviera a cruzarse en su camino.


©Lalobaerrante

4 comentarios :

  1. Una historia muy atrapante, me gustó mucho :)
    Gracias por pasar por mi blog,
    ¡Un beso grande!

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  2. Estupendo relato que atrapa desde el principio.

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© Agata | WS
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