16/2/17

Las brujas siempre han existido

Estamos en el siglo XXI, pero la caza de brujas en realidad continúa y se intenta negar a la gente la libertad de elegir la forma de curarse y a las personas a las cuales confiar la propia salud. 
Basta pensar en todos los juicios que ha tenido que afrontar Maurice Messegué, uno de los herboristas más significativos de nuestro siglo; y, por cierto, no de parte de sus pacientes venían las acusaciones, sino de profesionales envidiosos de sus aciertos. Actualmente, en España como en otros países europeos, los llamados «profesionales de la salud» pretenden reservarse la exclusiva sobre las medicinas naturales, fitoterapia incluida, y piden el cierre de los herbolarios, con el fin de que las hierbas se vendan únicamente en las farmacias. Solamente hace un año, en un programa televisivo italiano muy seguido («Elixir»), el presidente de los farmacéuticos de aquel país afirmaba que las plantas medicinales en estado natural no ejercen efecto alguno y seguía sonriendo entre sarcástico e irónico al decir que bueno, si alguien quiere tomarse una infusión porque cree que le hará dormir, allá él, pero en realidad no es la planta la que está funcionando, es su ingenua convicción. 
Constatado el gran interés de la gente por las técnicas terapéuticas naturales, la industria farmacéutica parece de pronto haber cambiado de idea y apreciar enormemente las hierbas, queriéndose reservar la exclusiva de su venta y administración. Hizo algo parecido con la homeopatía, si bien la mayoría de los farmacéuticos están vendiendo algo completamente contrario a su formación académica. Pero, con todo el dinero que mueve la homeopatía, bien pueden afirmar por una vez que «la no materia no sólo existe, sino que cura». 
Hay algunos puntos sobre los cuales tenemos que reflexionar. ¿Qué pasará, por ejemplo, con la calidad de los productos? Trabajo desde hace muchos años con plantas, y la primera cosa que puedo afirmar es la gran diferencia entre las plantas procedentes de la agricultura biológica y las que comúnmente ofrece el mercado. Es como tener delante dos seres: uno vivo y uno muerto. Es por este motivo que hago hincapié en la necesidad de trabajar siempre que sea posible con plantas que se han recogido, secado y almacenado personalmente. En Italia, Alemania y Suiza las plantas medicinales que se comercializan provienen casi exclusivamente de cultivos biológicos y biodinámicos; en España todavía es necesario concienciar más a los herboristas con el fin de que exijan a los suministradores productos de la más alta calidad. Estoy plenamente de acuerdo con exigir seriedad y preparación adecuada a herboristas y naturópatas en general; los charlatanes hacen tanto daño a los serios estudiantes de la naturaleza como a la medicina en general, sea alternativa u oficial. Pero las plantas medicinales deben quedar en manos de personas que protejan su procedencia y estén motivadas por una conciencia ecológica y, en cierto sentido, espiritual, si por esta palabra entendemos el saber descubrir el espíritu que se esconde detrás de las apariencias. 

Si este negocio pasara por las manos de una industria química como la farmacéutica, que no ha demostrado ciertamente en su historia reciente gran sensibilidad hacia la naturaleza y el ambiente, nos podremos olvidar de encontrar plantas que conserven la fuerza necesaria para curar. Hay magia en las plantas. No es efectivamente científico afirmarlo, pero es una sensación muy clara para todos aquellos que nos acercamos a su mundo directamente, en plena naturaleza. 
Es una magia que hay que conquistar poco a poco. La naturaleza no habla en seguida a quien se acerca a ella, pero cuando toma confianza, lentamente, se revela, te hace encontrar la planta apropiada en el momento justo, hace que un ungüento resulte milagroso y nos asombre, que podamos sentir cómo sus espíritus rondan por la cocina mientras preparamos un bálsamo. Se habla con curiosidad, pero con demasiada ligereza, de los espíritus escondidos en la naturaleza; es un hecho que solamente se puede constatar con el amor y la entrega a sus leyes. Es por la necesidad de este amor, base del arte de curar, que siempre han existido y siempre existirán las brujas, o mejor dicho, las hadas, para hacer que este espíritu siga vivo y siga curando. El hombre cree que su interés personal es un motivo suficiente para convertirlo en el dueño de todo lo que le rodea, pero, como bellamente expresa Messegué, «la naturaleza es orgullosa, no se deja domar, doblegar, domesticar como erróneamente hemos supuesto». En un pequeño pueblo casi abandonado situado en el Apenino toscano (Bratto), hace muchos años encontré una piedra situada sobre la puerta de entrada de una casa antigua. Esculpido en ella había un hombre corriendo y detrás de él un cocodrilo (o algo similar) con la boca abierta. Debajo de la figura, un escrito: «La naturaleza mata al hombre y el hombre no puede hacer nada». 

Clara Castellotti

(Texto extraído de algún lugar de la red que ahora no recuerdo. Si eres el propietario, comunícamelo y te haré referencia).

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